domingo, 20 de junio de 2010

Vicente Ferrer, un héroe desconocido

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Vicente Ferrer, un héroe desconocido

Me encontraba el 19 de junio de 2009 en Granada cuando me enteré de que acababa de morir Vicente Ferrer, allá en India. Aprovechando que estaba haciendo actividades pedagógicas, sondeé en distintos colegios para ver si lo conocían. Nadie supo responderme. Pregunté por Martin Luther Khing, Mandela, la madre Teresa de Calcuta, Gandhi, Severo Ochoa, Ramón y Cajal… La ignorancia era supina. Esa semana, Michael Jackson se llevó toda la información. Vicente tuvo unas líneas.

¿Qué conocimiento se tiene en España de Vicente Ferrer? Que fue jesuita, que colgó los hábitos, que se casó con una periodista inglesa y que ha hecho cosas en India. Y poco más. Da pena que un hombre merecedor del Premio Nobel de la Paz como pocos sea casi un desconocido en su tierra. La historia demuestra que los pueblos que no han sabido honrar a sus hombres ilustres es que no se los merecían. Cada uno es libre de opinar lo que quiera, pero para emitir un juicio acertado y sereno es necesario el conocimiento previo.

Vicente Ferrer nace en Barcelona en 1920 y su infancia transcurre entre Barcelona y Gandía, lugar de nacimiento de sus padres. En el año 38 lo llaman a filas republicanas y participa en la batalla del Ebro. Al terminar la guerra, inicia los estudios de Derecho, pero abandona la carrera universitaria en 1944. Quiere entregarse a los más necesitados, por lo que entra en la Compañía de Jesús. En 1952 es enviado a India para completar su formación. Al entrar en Bombay, le impacta lo que ve, India es un universo de contrastes para él. Continúa su formación cerca de los Himalaya, se carga de espiritualidad y al terminar sus estudios entiende que su campo no está en lo misionero sino en lo social. «No quiero más libros, ni más teorías, ni misticismos. Sólo quiero la acción buena y útil para la vida de los hombres, y nada más».

Comienza a trabajar con los campesinos más pobres, los sin casta, ayudándoles a excavar pozos, crear escuelas y dispensarios. Está convencido de que la persona es lo más importante en el universo, el eje del proceso, y merece toda la dignidad. «El pobre no tiene tiempo de esperar que le saquen de la miseria». Esto desestabiliza el sistema férreo de castas, por lo que pronto surgen los enfrentamientos. Los periódicos se hacen eco, el tema se agranda, hay manifestaciones a favor y en contra, de tal forma que tiene que salir del país en 1968. Será la propia Indira Gandhi quien le sugiere que vuelva. Y vuelve, pero no se queda en Maharashtra, Bombay, donde pueden renovarse las rencillas. Elige para trabajar el distrito más necesitado de toda India: Anantapur.

Anantapur se encuentra en el Estado de Andhra Pradesh, en el centro del cono sur de India. Lo más pobre, toda una sabana desértica, temperaturas en abril y mayo rondando los 40-45 grados, arenales improductivos llenos de matorrales espinosos, monzones nada regulares, una tierra llana que hace que la capa cultivable sea arrastrada por las lluvias torrenciales. Y en ese momento es tan límite la situación de la región, que ha comenzado la emigración y la zona se va despoblando. Por eso la ha elegido.

Llega a Anantapur con un grupo de voluntarios, y se encuentran con pintadas invitándoles a que se vayan ('Ferrer, go back'). Se hospedan en la habitación de una casa destartalada, inician su labor en condiciones durísimas, y es en este momento cuando entiende que para desarrollar su trabajo es mejor dejar su dependencia de la Compañía de Jesús. Luego se casará con Anne, una periodista inglesa que lo había entrevistado en Bombay y ahora se ha sumado al grupo de voluntarios. Con ellos, Vicente funda en 1969 Rural Development Trust (RDT, Consorcio para el Desarrollo Rural). Es el inicio del sueño de un visionario realista que tiene las ideas muy claras de lo que quiere hacer, y lleno de sencillez y sentido común.

Empiezan de la nada, más la animadversión de quienes piensan que viene a convertirlos al cristianismo. Desde el principio, su labor se centra en los más desheredados, en quienes no tienen nada. En India hay cuatro castas (que, aunque están legalmente abolidas, siguen teniendo toda su fuerza): los brahamanes (sacerdotes), los kshatrias (nobles, emperadores y guerreros), los vaisias (comerciantes y artesanos) y los sudras (esclavos y profesiones muy bajas). Y luego están los sin casta, los indeseables, los parias irredentos que nadie quiere, que son los delits o intocables Y es con estos con los que empieza: instrucción a niños, pequeños servicios sanitarios, centros de alimentación, construcción de casas, pozos y embalses con los labradores. Decenas de proyectos sencillos se van realizando.

150.000 padrinos ayudan con una pequeña cuota mensual a hacer realidad lo que fue un sueño. Cuarenta años sin desfallecer han logrado un paraíso dentro de la anarquía india. Una obra tan gigantesca no sale únicamente de un filántropo. Los motores encendidos durante tantos años sólo los puede alimentar la fuerza de un místico realista con el convencimiento interior sin límites de que se tiene que redimir la condición del ser humano. Merece la pena conocer la obra realizada: 4.000 pozos, 30.000 casas, pequeños pantanos, doce millones de árboles frutales, ocho hospitales, pequeños negocios teniendo como titulares a las mujeres, colegios para sordos, ciegos, discapacitados, ancianos, labores de ecología, hornos, placas solares... Siempre con el convencimiento de que lo más importante es la dignidad de la persona, y muy en especial la de las mujeres oprimidas. Es el testamento de un soñador realista. Merece la pena darlo a conocer.

19.06.10 - PABLO ZAPATA LERGA ESCRITOR
EL CORREO

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